DE ESCENAS Y ESCENARIOS

 Nada alegra más a un crítico o a un coleccionista –ambos tienen puntos comunes-que descubrir a un artista. Ese fenómeno sucedió cuando, por primera vez, vimos obras de Carlos de Castro en el Festival del Dibujo de Arawak. Fue un “golpe de corazón” : el tratamiento distinto en las figuras nos impactó, e inducimos la resurrección de una época… Tuvimos luego la dicha de contemplar las pinturas que hoy conforman esta exposición, y nuestra primera impresión fue aun más grata.

 

Era  la “imaginación introducida en el dibujo y el color” –cómo lo dijo Raúl Dufy mirando a Henri Matisse-,  y simultáneamente presenciamos un sentido agudo de la observación, a menos que se trate de un milagro de la memoria…sin haber vivido el tiempo de aquellos personajes ni haber evolucionado en sus marcos existenciales.

 

En la pintura actual, Carlos de Castro se distingue por una original manera de plasmar a protagonistas de la sociedad. Un realismo, bastante especial, se matiza de humor, de ironía, de nostalgia…. Así lo percibimos.“Cuales son las posibilidades de comunicación de las obras de las cuales estamos hablando?”, preguntaba Umberto Eco, en “La obra abierta”,  refiriéndose a la autonomía entre una  obra y el autor.

 

Lo cierto es que los cuadros de Carlos de Castro “comunican” en su autonomía particular, y, a partir de esta comunicación, surge nuestra lectura. Hay varios temas o materias de una experiencia imaginaria – en el sentido de la producción  de imágenes-, que resucitan o suscitan una época, más en el pasado reciente de madres y abuelas que en el presente de las hijas…

 

Ello ocurre con el espectáculo del circo de antaño, montado desde una carpa rojiblanca en un terreno municipal (¿?), ejercitándose alrededor acróbatas, luchadores, bailarinas, mientras, en el interior, disfruta un público apretujado,lo que le permite a Carlos de Castro divertirse con una estructura neo-puntillista y sembrar el espacio circundante de diminutas siluetas. Luego, ya en la arena,  una “Pareja montada” propone el equilibrio frágilde un número ecuestre.

 

Escenas y escenarios ecuestres… son otros  motivos de fascinación para Carlos de Castro. Por cierto, él nos sorprende con su dominio de la anatomía del caballo, considerada como particularmente difícil, y esa facultad que corresponde a un dibujo hábil y cultivado, se ejerce tanto en los  “Caballos en libertad” dentro de un paisaje estructurado casi geométricamente, como  en aquel inmerso en un entorno de colores fauvistas, o en los varios carruajes que ambientan escenas de paseo y de galanteo.

 

Al mencionar el galanteo, notamos que la atracción femenina no falta, llevada a diferentes contextos, trátese del enamoramiento y la pareja,  de la jovencita ”vestal “que reina ante los ojos de una multitud masculina -algo caricaturizada-, o  de la hermosa odalisca que se pregunta cómo vestir su desnudez… Vemos a otras criaturas, en distintos planos y circunstancias, seductoras casuales  en un “Encuentro imprevisto” o peligrosas en  una “Partida de Cartas”, mientras Carlos de Castro no evita la burla en la escena del “shoping” o del curioso “Té en Casa de Campo”… el cual sin embargo nos retrotrae al siglo pasado y a la moda de los años 30, cuando las señoras gozaban una primera emancipación.

 

Habría que referirse prácticamente a cada una de las obras, interesantes todas, y pocas veces hemos encontrado esa simbiosis de forma y color, esa crónica de una sociedad real-imaginaria, que se presten tanto para un comentario individualizado, desde los aspectos puramente plásticos hasta las particularidades de la expresión y el enfoque.  Carlos de Castro puede juzgar implícitamente a los protagonistas de su teatro de la vida, manifestarles afecto,  ironía, asombro,   acoger o rechazar sus comportamientos extraños, pero la mirada definitiva nos pertenece.

 

La obra sigue abierta a nuestra propia reacción, a  nuestra sensibilidad, pese a la definición estilística y a los títulos.Los ejemplos son varios. Si “La Orquesta” indiscutiblemente  propone ritmo, luz, correspondencia radiante entre lo visual y lo sonoro,  “La partida de cartas” y “Los compinches” nos llevan a un submundo, aunque no desprovisto de fascinación. En cuanto a los “Voyeurs”, el artista los concibe como un misterio: no se sabe lo que miran ni cómo miran, ¿finalmente no será entre sí y a ellos mismos? La sonrisa no falta en este cuadro y en  varios más….

 

Ciertamente, Carlos Castro nos brinda, en el fin de año siempre tan generoso en exposiciones, una serie de pinturas diferentes… que nos invitan a construir fábulas, historias  o  comedias dramáticas alrededor de huéspedes insólitos, según sus espacios palpitando de fulgores y de líneas,  se pueblen de caballos o  de histriones de la vida. ¡Bienvenidoa la Galería Nacional de Bellas Artes!

 

 

Marianne de Tolentino

Directora de la Galería Nacional de Bellas Artes de Santo Domingo.

ADCA / AICA

 

 

 

AMELIA Y VALERIA EN EL MUNDO ONÍRICO DE CARLOS DE CASTRO

 

A- ¿A dónde mira esa gente con los prismáticos?

V- Miran en todas direcciones a la vez, cada uno atento a lo que le interesa.

A-Para eso van al hipódromo, para, en vez de ver las carreras, observar con los prismáticos sus pequeñas vidas aumentadas.

V-Allí está la duquesa de Abrantes sentada con dos amigas. Ha pasado casi un siglo y sigue llevando el mismo vestido con la que fue retratada por Goya. Su amiga la condesa de Sacromonte bebe zumo de naranja.

A- ¡Que desubicada! ¿Se creerá que esta desayunando?

V- ¿Has visto como pesan a los jinetes? Son todos pequeños, delgados y fibrosos, pero muy proporcionados, aunque las botas largas les hacen las piernas más cortas.

A- ¡Que raro que lo largo te haga corto!

V- Tu siempre te agarras a todas las contradicciones. No he visto nadie con un espíritu más contradictorio.

A- De pequeña me llamaban Amelia “La Antípoda”, porque siempre buscaba lo contrario, lo opuesto, lo invertido.  Me pego horas delante del armario, sin saber que ponerme porque estoy buscando que es lo contrario de un vestido.

V- Ja ja “La Antípoda” suena fatal.

A-  Yo decía la Anti…Poda por separado, como no quería que se podaran las vides, los árboles. Me parecía un acto salvaje de desmembración, doloroso, sádico. La Anti Poda no era un mote, era una declaración de intenciones, una pancarta de mi resolución contra el sufrimiento del mundo vegetal.

V- ¡Que graciosa! Tú siempre a la vanguardia de todo. Ahora que está todo el mundo defendiendo a los animales, defiendes a las plantas y cuando se ponga de moda defender a las plantas, defenderás la inmovilidad perpetua de las rocas.

A-      Me molesta que ya no haya animales en los circos, sobre todo los caballos, que son divinos, ya no cumpliré mi sueño dorado de besarme a tornillo con el domador, en el centro de la pista, subidos a un caballo y aplaudidos por el público.

V- ¡Siempre tan exhibicionista! Los caballos son elegantes, inteligentes, serenos, dignos. Volver a los tiempos de los carruajes, de los paseos a caballo por las ciudades, de las ropas refinadas…que morbo, esos hombres de las patillas largas y sombrero de copa, bebiendo y fumando como locos, y no como ahora todo el día en el gimnasio, para parecerse al forzudo del circo.

A-      Pero sin los mostachos hacia arriba, esa suerte de entrecomillado grueso de un beso profundo.

V.- ¡Estas muy besucona esta tarde!

A -¡Que quieres! Vivir en los cuadros de Carlos de Castro tiene eso, me pone sensual. Estos colores pasteles que nos rodean. Estos rojos, estos verdes, estos azules, ahora más marcados, allá más diluidos, acuarelados, delicados. Este mundo en el que a veces nos encontramos con Seurat, otras con Chagal, algunas con Matisse, otras con los carteles románticos de las agencias de viaje de finales del siglo XIX, que incitan a aventuras controladas y amores apasionados con miembros de la aristocracia o revolcones con el mozo de cuadras.  Todo esto que nos envuelve, tiene un efecto en mi piel y en mis deseos más íntimos que me dan ganas de fundirme hasta lo más profundo en el cuerpo del primer hombre que pasa, o al contrario de rozarme ligeramente, o de evitar sensualmente cualquier contacto. ¿Tú sabes evitar con erotismo?

V- ¿Evitar con erotismo? Dañar con amor, sufrir con alegría, cantar estando muda. Esas son tus especialidades, no las mías. Pero, tienes razón que vivir en las pinturas de Carlos de Castro, es vivir un mundo apacible, relajado, un mundo de colores, de ensoñaciones, de etéreas ilusiones, de buena armonía, de optimismo decadente, solamente alterado por esos hombres que están hasta la madrugada jugando a las cartas rusas, versión alargada de la ruleta rusa, donde el que pierde es asesinado por el que gana.

A-Si, esa es la mínima parte un poquito desagradable, pero bella. La muerte tiene su belleza. El muerto tendido en el suelo, el ruido del disparo tapado por la orquesta, como un toque de batería a destiempo, el pequeño charco de sangre, acuarela sobre la alfombra...

V- No sigas querida, vamos a la playa y nos bañamos en el mar, nos ponemos el flotador y nadamos.

A-      ¡Yo si me pongo el flotador me hundo!

V- Pues allí se queda sólo ese caballo de Franc Marc.

A-      ¡Pues ahora le saco a mi novio un pez rojo de la pecera, para demostrarle que respira!

V- ¡Pues ahora me paseo en pelotas en ese coche de caballos sobre un fondo plano amarillo!

A-      ¡Pues ahora le ordeno a mi amante masoquista que se agache para que le den una patada en el culo, a la vista de todo el mundo!

V- Vivir en los cuadros de Carlos de Castro tiene eso, aquello y lo de más allá.

A-      Me siento una postal que nunca se envía.

                                                               

Ricardo Ramón Jarne.

Director del Centro Cultural de España en Montevideo

          

 

 

 

 

La presente exposición de Carlos de Castro en la República Dominicana me retrotrae a su primera muestra individual de 1996, realizada en el Centro Cultural de España en Santo Domingo, del que yo era reciente directora.

Algunos recuerdos se activan al contemplar sus cuadros más recientes. El autor parece indagar una y otra vez en los procesos constructivos de un imaginario pictórico que se bifurca entre las apropiaciones e influencias del arte europeo de vanguardia del siglo XX y las experiencias visuales de su tránsito por el Caribe.

La explosión de colores, la exuberancia de los cuerpos, el movimiento de las figuras, la insistencia en ciertos temas vinculado a lo vernáculo, a lo lúdico, al juego de sentidos que estallan a través de una paleta que cubre cada milímetro de la tela, junto a tonalidades, gestos, procedimientos que han marcado el devenir de la vanguardia europea, constituyen una suerte de marca de identidad de la obra que se expone.

A través de ese cúmulo de influencias que todo artista procesa en la búsqueda de un estilo propio podríamos encontrar ciertos rostros goyescos, ciertos cielos,ciertas transparencias, ciertas ensoñaciones chagalianas. Una fructífera alianza entre una gama iridiscente de colores y una compresión,a veces, de rostros alargados y grotescos que provienen del expresionismo.

No debemos olvidar a los fovistas franceses, incluso, un atisbo picassiano que se deja traslucir por momentos en mujeres que se expanden a través degestos cargados de sensualidad.

Los temas parecen polarizarse, por una parte, los divertimentos del circo, los paisajes caribeños, la explosividad de sus habitantes, los colores distintivos de una apuesta por la existencia plena del cuerpo y sus sentidos. En esos cuadros parece corroborarse el ir y venir de una memoria afectiva y la personalización de esas plenitudes. Junto a estos temas, sus opuestos, sobresalen las figuras estereotipadas como partes de una decadencia incorregible. Personajes que se observan con prismáticos para no verse nunca, burgueses petrificados con sus alargados sombreros de copa, jugadores, apiñados frente a una ruleta, etiquetados por lo pasivo, lo insensible, lo hermético.

Lo que está dentro y fuera del autor, lo que es historia conocida y maneras vividas. Lo que se mueve entre lo viejo y caduco y lo jovial y explosivo.

Son obras que teatralizan la pintura. Que pintan el teatro del mundo.

 

Ana Tomé

Secretaria General. Fundación del Museo de Arte Reina Sofía

Madrid