EL CHIRINGUITO

Es imposible no reconocer  que el chiringuito playero  es la institución veraniega por excelencia que entretiene los ocios del estío nacional de mitad de los españoles.¿Cómo concebir pasar toda la mañana panza arriba en la playa y no pasar por un chiringuito? aquél al que vas todos los días y del que te conoces de memoria la carta de raciones y te sabes el nombre del dueño y él el tuyo como si fuerais de la familia. Además de refrescar la sed y mitigar el calor es una terapia para el cuerpo porque te ayuda a saltar acrobáticamente por la arena cuando arde debajo de los pies y a correr dando zancadas hasta alcanzar la sombra fresca del cañizo, y también para el alma porque nos libera de la esclavitud de pensar obsesivamente en ponerle la crema al niño, en enderezar la sombrilla que ha volcado el viento y de releer por segunda vez el periódico tras una larga mañana en familia. Entrar en el chiringuito es entrar en un oasis de frescor en donde la gente se aprieta a la barra como si se fuera a caer y en donde se habla de temas serios como los nuevos fichajes del fútbol, el consabido guirigay nacional y en la mejor manera de ensartar los espetos en la brasa caliente de la parrilla. La clave para entender que hemos alcanzado la Gloria es entender que al que tú vas suele servirse la mejor cerveza de la costa, la más fría, la mejor tirada, la más rubia, que además se sirve acompañada con la tapa más abundante, la más sabrosa.  

LA NOVIA DEL TATUADOR


Él trabajaba en el tatoo shop del barrio, en donde ella vivía, y ella pasaba largos ratos mirando por los cristales las plantillas de los tatuajes, las hermosas filigranas de guerreros, princesas, serpientes y un mar de imágenes todas ellas sorprendentes. Al fondo, en una mesa de masaje, el tatuador, un joven estudiante de Bellas Artes que pistola en mano dibujaba con primor la piel de los clientes como si de un caballete se tratase. Quiero uno aquí, en la pantorrilla le decían, yo quiero otro cerca del ombligo, yo quiero uno que sólo mi pareja pueda verlo y lo quiero tatuado justo aquí mientras se señalaba la ingle con cierto rubor y sonrisa pícara. Y la clientela llenaba el negocio y salían encantados con su marca indeleble, como un estigma artístico gravado bajo la piel.
Una tarde entró ella, tímida, discreta, decidida a tatuarse una mariposa justo en el cuello, para así tapársela con el pelo, venido el caso. El artista la miró como reconociendo el rostro de la muchacha del escaparate, prerrafaelista, bellísimo, evanescente entre las brumas de la tarde. Le preguntó, que te pinto. Le contestó lo que quieras. Por donde empiezo. Me da igual, conozco bien lo que haces y me gusta todo. Desde ese momento no pudieron apartarse la mirada, mientras hablaban de cine y de pintura el comenzó a dibujar desde el tobillo de ella el fruto de su arrebato viajando por todo su cuerpo nacarado de formas mórbidas y redondeadas. Y así pasaron los minutos que se hicieron horas, mientras hablaban y hablaban y el cuerpo de ella se fue tatuando de mariposas de sueños, de amor, de formas.

LA FUMADORA DE PUROS

 

Todas las tardes,  cuando las grandes corporaciones y sociedades financieras de la City  cerraban sus puertas,  un enjambre de hombres de negocios se reunía en el bar-club “Habana” para compartir los detalles de la agitada mañana de trabajo, con un whisky reserva en una mano y  un cigarro puro en la otra. Y allí, entre las maderas nobles y las moquetas ajadas del viejo bar, Juanita, una mulata de veintitrés años cumplidos, sentaba cátedra con su innata capacidad de distinguir la calidad del tabaco elaborado. Para ello observaba con parsimonia la tersura de las capas que lo componen,  olía el aroma de sus hojas, escuchaba en su interior la delicada frescura vegetal del cigarro. Sólo al final de ese escrutinio la joven  pronunciaba su veredicto: apto o no apto para fumarse. Y una vez encendido, entre las  densas volutas blancas del humo, Juanita se transportaba a su lejano país antillano,  en donde adquirió su talento olfativo a la sombra de una seiba centenaria, aquél que abandonó hace años junto a su padre a bordo de una balsa de cañas remendadas con cuerdas y cámaras de caucho.   

Por esta razón el “Habana” era lo más exclusivo de entre los gentlemen clubs de la ciudad y la fama de Juanita trascendía a la del lugar, en donde era fascinante verla sentada, erguida y bella, con su piel color tabaco, en un sillón de alto respaldo, rodeada de caballeros encorbatados, pendientes todos de cualquier gesto de su boca, de un chasquido de su lengua, de un parpadeo de su mirada que delatara la aprobación o suspenso del puro que examinaba. 

 Una joven habanera  había logrado que en ese vetusto club financiero, el gozo del capitalismo allí reunido, dependiera de su humilde y sabia opinión.

SEPTIEMBRE

 


Me siento feliz y libre mientras la brisa del mar acaricia mi cara y suaves ráfagas de arena se posan entre mis muslos y en mi vientre. El viaje en coche desde la ciudad ha sido como un viaje en el tiempo, a los veranos con mi familia, a mis primeros amores con besos de arena y sal. No me ha tomado más que unos segundos en despojarme de mi vestido de calle, tirar a un lado la tablet y el teléfono y coger la banqueta de terciopelo morado que usaba mi madre. Bajo desnuda los peldaños de madera que dan a la playa y hundo los tacones en la arena, con el único accesorio que un sombrero de fieltro en la cabeza. No necesito más. Todo me sobra. Observo que otras nobles casas con porches de madera pintados en elegantes tonos pastel se suceden dispersas a lo largo de la costa ancha y arenosa, moteando el litoral, y me invade un vago recuerdo a un cuadro de Hopper que no llego a definir con claridad. Miro el horizonte sereno y limpio mientras las gaviotas con su graznido átono comentan elocuentes mis pensamientos. Es hora de darle un vuelco a mi vida, conciliar mis horarios, poner prosa a mis ideas, celebrarme a mí misma, prescindir de lo superfluo, reinventar mi pareja,…. Mientras, muy arriba, las gaviotas blancas asienten con su monótono graznido.

EL PINTOR Y SUS AMIGOS

 

Se levantó temprano, una preciosa luz natural entraba por la ventana y proyectaba un intruso rayo de sol sobre el lienzo en blanco. Revisó los bocetos de la noche anterior y tras prepararse un café empezó a manchar el lienzo. Primero esparció un fondo, luego vinieron las formas, con un grueso pincel de cerda, sin saber al principio que pintaba y dejándose llevar sin saber muy bien a donde iba. 

De pronto un ruido, una lejana conversación entrecortada llamó la atención del pintor. Nada se veía, y continuó a pintar. Ahora ya se adivinaba alguna forma a pesar de la tosquedad del escorzo.  

Más ruidos, ahora cercanos, bisagras abriéndose, idas y venidas, alguna risa que otra, le interrumpieron de nuevo, había alguien en el cuarto contiguo. Sonrió, dejó la paleta y el pincel, y se asomó despacio por la
puerta entreabierta. Y allí se los encontró. No faltaba nadie, Matisse le explicaba a Picasso el poder del color, Toulouse Lautrec insistía en que el dibujo es lo importantes, Sorolla defendía la pincelada velada para lograr el efecto de la luz, y Velázquez por supuesto asentía. Sus referencias estaban allí reunidas, puntuales, exigentes, dirigiendo el trazo del pintor. 

Sin interrumpir, sin hacer ruido volvió al lienzo, agarró el pincel con la derecha, la paleta en la izquierda. Un gesto de seguridad le iluminó el rostro, eran sus referencias, sus maestros que atendían puntuales, ahora estaba seguro que estando ellos allí su trabajo dejaría de ser pintura para convertirse en Arte.

LAS DOÑAS

 

Asisten gustosas al brunch de las doce en el Country,  al que convoca todas las semanas el Club de Damas Piadosas. El motivo de la reunión es algo de caridad, infancia desfavorecida o algo así, pero ninguna lo sabe con certeza. 

La verdad es que se trata de matar las horas de la mañana y de relacionarse, de verse, compartir una refrescante mimosa y hablar las unas de las otras y vice-versa. Con ese ingenuo pasatiempo se justifica el día en los círculos de la crème. 

Las doñas llegan puntuales al club a bordo de inmensos vehículos de lujo, y a pesar del tórrido sol exterior todas muestran una piel nívea, hidratada, de una jovial tersura. Doña Scarlet, Doña Hilda y Doña Fifí, son habituées y no tienen otros compromisos que los sociales, ya que todos los flancos de su existencia están holgadamente resueltos por rentas y pensiones de maridos y exmaridos, por lo que  disfrutan de una placentera existencia  tan sólo interrumpida por el stress que les proporciona la administración de su villa de Casa de Campo y la disciplina del fitness que las permite las formas justas para enfundarse la haute couture.

 

 

ANGELITA

 

Angelita era un prodigio del baile flamenco, y con solo diez años llenaba los tablaos de la zona. Ni una mosca osaba interrumpir el equilibrio de la música cuando sus tacones golpeaban la tarima y sus brazos y cintura serpenteaban en el aire para deleitar con su duende a la entendida clientela, que jaleaba con entusiasmo cada movimiento de la bailadora. Los contratos para bailar en los mejores teatros de la elegante ciudad la llovían. Pero Angelita daba largas, Angelita no quería más que bailar libremente para su gente, sus vecinos, su familia, y decía sí ya voy y nunca venía.

Ha pasado media vida y ahora Angelita espera que la llame el empresario aquel, el hombre que se la lleve a bailar por el mundo, el que le ofrezca lo que nunca ha tenido, el que la regale lo que le prometía entonces por un simple castañeteo de sus dedos. Y Angelita se ofrece ahora para bailar por un puñado de billetes, al primero que se lo pida.

MAGIA DOMINICANA

 

Brenda y Manuel trabajan en un pequeño cabaret de la gran ciudad. El momento más esperado de la noche es cuando ella, sentada en el centro del escenario, canta con voz de gata viejas melodías que se trajo aprendidas de su país, la República Dominicana.

Y recuerda Manuel que cuando abandonaron hace ya diez años su querida isla se trajeron en la maleta las recetas malamente escritas que le regaló su abuelo, con plantas y brebajes mágicos para remedio y curación de males.

 
Y mientras Brenda canta sus canciones de amor y la clientela gime de placer, Manuel repasa tras la barra los viejos papeles.
Apazote para los nervios, Alquitira para el exceso de peso, el Romero contra el cansancio, la Verdolaga para tonificar la piel, el Cardo Santo para la diabetes y las hemorroides. Y Manuel vierte en cada trago que le piden unas gotas extraídas de la cocción de esas plantas. Al cliente estresado el Apazote, al obeso la Alquitira, al ojeroso el Romero, la Árnica para el indigesto. Y observa como todos van recuperando el tono, el color, la alegría y la vitalidad.

Y vuelve la clientela noche tras noche y le dicen a Manuel: “Dame lo mismo que ayer, que me encuentro cambiado”. Y piden mas tragos en la barra de Manuel y más clientes tararean las canciones de Brenda: “Traigo hierba santa pá la garganta, apazote pá los brotes, la la la”.
 

LA NIÑA DEL MANGO

 

Siempre  está ahí, pequeña y recogida, acuclillada con sus piernas descuidadamente dobladas, sin cambiar de postura, sobre el duro suelo del mercado de Puerto España. Su piel es mate, negrísima, insensible al sol abrasador, envuelta en un viejo vestido de flores verdes, almidonado, blanquísimo. Le pregunto que edad tiene, quien la cuida, de que mágico árbol  recoge esa dulcísima fruta. La niña sonríe con su dentadura inmensa, blanca, perfecta, y me contesta curiosa, ofreciéndome el mango que sostiene en su mano.  Si venís a Puerto España buscad a la niña del mango, estará allí para ofrecéroslo.

 

 

PUERTO ESPAÑA

 

Si alguna vez, de paso por el Caribe, atraca vuestro barco, o vuestro hidromotor se avería, y esa aparente fatalidad ocurre en las coordenadas de la Isla de Trinidad, sabed por el contrario que sois muy afortunados.

Por ese capricho del azar conoceréis Puerto España, su capital, llena de luz y encanto. Paseando por su mercado, y tras saludar a la niña del mango, conoceréis a otros personajes que os irán contando los misterios de la isla, y la belleza de sus gentes. Como Tío Johnny que vende frutas por la mañana y toca el pan por la noche en una steel band, Michelle, que acompaña a su tío en el negocio y hace pastelillos de coco y guayaba. Rikhab, la segunda mujer de Tío Johnny, que conoce como nadie los secretos de las hierbas y sus aplicaciones. La venta en el mercado les va bien, y cuando llegue la tarde y la brisa del Orinoco se deje sentir, irán al panyard, a tocar, a bailar el inmortal calypso...
A reír con los cuenteros, a pasar los malos tragos con uno bueno de ron de caña. Decidles que vais de mi parte, os invitarán a uno.

LA MEJOR DECISIÓN

 

Harto ya de jugar con el dinero ajeno, de amasar beneficios y transferir saldos a lejanos paraísos fiscales en nombre de otros, harto de una vida frenética en pos del lucro y de las satisfacciones que da el dinero, un buen día el viejo financiero decide dar un vuelco a su vida. Abre la caja fuerte de la empresa y retira un sobre que coloca en su maletín con cuidado. Su tesoro.

 Lo ha pensado por meses, esto no es vida, debe de haber otra, dice para sus adentros, y tras purgar su conciencia como las tripas de un caracol, abandona lo que siempre ha hecho y prepara su mente para abordar su sueño.

Con su maletín y su paraguas como único equipaje  acude al muelle portuario, y busca entre el reverbero de luces y sombras que proyecta el sol de la tarde en las tornasoladas aguas del puerto. De lejos, junto a otros, reconoce la silueta de un barco, un viejo ferry de pasaje que con el vaivén de su proa parece saludarlo.

En la escalerilla un agente lo detiene. Se ha producido un robo, han asaltado la caja de su empresa, abra ahora mismo el maletín. No llevo nada contesta y muestra en el interior una foto en sepia con un número de teléfono escrito en el reverso, ajada y desvaída, y un ticket de embarque a las Antillas.

No he robado dinero ni valores,  cuando llegue al destino marcaré sólo este número y alguien vendrá. Ese será mi mayor beneficio, mi plusvalía.